sábado, 04/07/2026   
   Beirut 19:12

El Imam Jamenei y el espíritu de Kerbala

La historia del Islam, en especial del Islam chií, está llena de ejemplos de personas que dedicaron su vida a la lucha por la justicia y contra la opresión y a defender los derechos de los oprimidos, principios estos considerados básicos dentro de las enseñanzas islámicas. El ejemplo más importante es el martirio de Hussein, nieto del Profeta Muhammad, y 72 familiares y compañeros en la batalla de Kerbala, en el actual Iraq.

Hussein, el tercer Imam chií, tuvo la opción de vivir si reconocía como gobernante legítimo al califa déspota y corrupto Yazid, de la dinastía de los Omeyas, pero se negó a hacerlo. Esto le costó la vida, pero también salvó la esencia del Islam y sus enseñanzas. Este ejemplo es recordado cada año por millones de personas en todo el mundo durante la conmemoración de Ashura, que tiene lugar en el décimo día del mes islámico de Muharram. La ciudad de Kerbala, donde se levanta un mausoleo donde se encuentra la tumba de Hussein, es visitada por millones cada año para rendir homenaje a su figura y a sus enseñanzas.

Hay en la historia del mundo unos pocos líderes que han seguido este rumbo de hacer frente y resistir a los tiranos y déspotas de la época y que se han convertido en símbolos imperecederos de la lucha, sacrificio y valentía moral. Estos, a diferencia de la gran mayoría de gobernantes no caen en el olvido, sino que son recordados eternamente por sus pueblos, que se han beneficiado de sus obras y su legado.

El Imam Seyyed Ali Hussaini Jamenei pertenece a esta categoría excepcional.

Su martirio no solo marca el final de una vida, sino la culminación de una misión histórica que abarcó décadas de liderazgo intelectual, compromiso revolucionario, guía espiritual y resistencia incansable contra las fuerzas que buscaban dominar, humillar y subyugar a Irán y el mundo musulmán.

Para millones de personas en todo el mundo que lo amaron, lo siguieron y se inspiraron en sus palabras y acciones, murió como un mártir cuya sangre, como la sangre de los justos a lo largo de la historia, seguirá alimentando el árbol de la justicia mucho después de que su cuerpo haya regresado a la tierra.

Su vida no puede analizarse al margen de la Revolución Islámica, ni la Revolución Islámica puede entenderse sin reconocer el papel fundamental que desempeñó en la preservación, defensa y promoción de sus ideales tras el fallecimiento de su fundador, el Imam Ruholá Jomeini. La relación entre el Imam Jomeini y el Imam Jamenei no fue simplemente la de maestro y discípulo. Fue la relación entre un líder revolucionario y un discípulo devoto que interiorizó esa visión tan profundamente que dedicó cada fibra de su ser a su preservación.

El Imam Jamenei no solo se convirtió en un símbolo de la autoridad política o posición global de Irán, sino que de su extraordinaria capacidad de resistencia frente a los enemigos de la nación iraní y de la Umma musulmana, que durante años buscaron someter a Irán mediante agresiones militares, presiones políticas y sanciones económicas. Él convirtió estas presiones y sanciones en oportunidades. Bajo su liderazgo, Irán logró un notable desarrollo, en especial en los terrenos científico y tecnológico, sin depender de las grandes potencias. Este desarrollo ha permitido a Irán neutralizar en gran medida los efectos de las sanciones y construir unas enormes capacidades, inclusive en el terreno militar, como se ha desmotrado en la reciente guerra de 40 días.

En una época de oportunismos políticos y capitulaciones ideológicas, el Imam Jamenei mantuvo una coherencia en sus convicciones en la defensa de los principios y causas que consideraba justos. Este compromiso inquebrantable explica por qué tantos en todo el mundo musulmán llegaron a verlo como algo más que un líder nacional o espiritual. Para ellos, se convirtió en un símbolo de resistencia. Habló repetidamente de dignidad, independencia y justicia.

Para él, el ejemplo de Kerbala no se limitaba a una época o área geográfica o ni siquiera a una religión determinada. Era una realidad moral perdurable que reaparece cada vez que las personas justas se enfrentan a sistemas de injusticia.

En efecto, una de las lecciones más profundas de Kerbala es que la aparente derrota puede convertirse en el fundamento de una victoria duradera. Yazid poseía ejércitos, riquezas, autoridad política y la maquinaria del poder estatal. El Imam Hussein solo poseía convicción, verdad y coraje. Sin embargo, siglos después, la humanidad recuerda a Hussein con reverencia, mientras que Yazid sigue siendo sinónimo de tiranía e injusticia.

Su legado intelectual trasciende con creces la política. Hizo hincapié constantemente en la educación, el conocimiento, el progreso científico, la innovación tecnológica, la confianza cultural y el desarrollo espiritual. Rechazó la falsa dicotomía que a menudo contrapone la religión a la modernidad. En cambio, argumentó que la fe auténtica debe inspirar la excelencia científica, la creatividad intelectual y el progreso social. Bajo su guía, innumerables jóvenes musulmanes fueron alentados a buscar el conocimiento no como una imitación de otros, sino como el cumplimiento de su propia misión civilizatoria.

Su mensaje resonó particularmente entre quienes se sentían oprimidos en cualquier parte del mundo. Para ellos, representaba la posibilidad de que la fe y la determinación aún pudieran moldear el curso de los acontecimientos y de su propio destino.

Ahora que ha partido de este mundo, muchos enemigos de su visión pueden imaginar que su influencia se desvanecerá con el tiempo. La historia demuestra lo contrario. Las grandes ideas no se entierran con quienes las promueven. Los asesinos del Imam Hussain no pudieron silenciarlo ni a él ni a su mensaje. Los opositores del Imam Jomeini no pudieron borrar su revolución. Asimismo, la partida física del Imam Jamenei no extinguirá los ideales por los que luchó durante toda su vida.

La luz de la verdad posee una cualidad peculiar. Los intentos por apagarla a menudo hacen que brille con mayor intensidad. Los mártires poseen un poder único porque sus sacrificios transforman los principios en realidades vivas. Su memoria se convierte en fuente de inspiración para las generaciones venideras. Los millones de personas en Irán, Iraq y otros países que han participado en su funeral muestran que su mensaje está más vivo que nunca y será reproducido y desarrollado por su número inagotable de seguidores.